martes, 13 de marzo de 2012

Por aqui ando

En el tiempo en el que yo escribía más a menudo por aquí, a lo mejor quería alcanzar las cosas que ahora estoy alcanzando. Digo, se me ocurre, es una suposición, asumamos que esto es la verdad, será por eso que he dejado de venir.

Leo, trabajo, voy y vengo y a veces no llego a mi cama; me reconozco haciendo cosas que soñé alcanzar y a veces hasta me acompaña la alegría y la satisfacción… y otras veces no; y el tiempo siempre va más veloz que yo: cuando me puedo sentar y digo tengo tiempo es ya muy tarde cuando empiezo; ando mucho y escribo muy poco… pero no me he estancado, sigo pensando, porque para ello no me atrapa ni el tiempo ni nada, sigo pensando y ahí sigue andando el servidor, en ese su mundo…

De vez en cuando, como esta vez, vengo
porque quiero decirles: ¡Aquí estoy!

Y
vengo porque
no quiero
dejar,
todavía, no
quiero
soltar aún,
no renuncio:
aquí estoy.



Un día estaba en un bar, celebrando con un amigo y montones de desconocidos, y en el baño encontré quizá el mejor uso que he visto darle a la caja aquesta.
Les dejo foto.

Ah, claro, si me buscan, en twitter sí ando un cachito más: twitter.com/actvservidor

viernes, 27 de enero de 2012

Cucharas, tenedores, cuchillo... I'm a rebel!


En algún momento de mi infancia, quizá 6 o 7 años, llegué a comer a la perfección con tenedor y cuchillo, mis tías lo recuerdan todavía no sin dejar de mencionar lo gracioso que fui y cómo ahora se me ve "tan otro". Era tanto, que mi madre solía llevar dichos cubiertos en su bolso, sólo para mí —sí, era un niño engreído entonces, debo admitir—. Pero rondando los 16 me volví rebelde, me hice rebelde, el rebelde de la casa, y llegó el día en que dejé los modales y comí sólo con cuchara, como una forma de protesta, es más, con la misma cuchara con que tomara la sopa.

Hoy lo he recordado: Estaba almorzando y no me trajeron cuchillo, así que teniendo a la mano sólo mi cuchara de sopa, he ayudado con esa al tenedor… y finalmente he decidido terminar de comer sólo con la cuchara.

Qué rebelde estoy.

jueves, 12 de enero de 2012



Ocho y 52 o 53 de la mañana. Es viernes y voy al trabajo –y sí, voy tarde–. Es la esquina de Angamos con Panamá. Y yo en la C. De mis audífonos suena Oasis. Buena música. El cobrador –al cielo gracias–, un tipo tranquilo. Dante –talvez–. El carro se detiene.

Como si de un ladrón se tratara, se trepa, violento por la puerta de adelante, a como puede, un tipo flaco; a simple vista un viejo flaco y de piel oscura. A simple vista. Ya arriba recién notas su manera de andar complicadísima. El chofer voltea a verlo, los demás disimuladamente también, yo estoy exactamente en el asiento detrás del reservado. Y entonces con su danza convulsa al fin se sienta. Espera, no. No se sienta. Lo que hace no es sentarse como tú conoces el verbo. Lo suyo fue dejarse caer de mala y dura manera sobre el asiento.

Normalmente, en mañanas como esta, llevo la música a todo volumen para no escuchar el tráfico maldito ni los malditos y estúpidos bocinazos. Normalmente, en mañanas como esta, no me interesa nada de lo que pase alrededor. Si es conmigo que me avisen.

Pero esta mañana tengo adelante mío a este temblor continuo. Esta mañana no puedo perderme siguiendo la batería, no puedo concentrarme en el solo de la guitarra de Metallica haciendo Seek and destroy. Esa canción que se canta delante de mí no me cuadra. Su ritmo me aja cualquier intento de distracción que quisiera aplicarme. No puedo no mirarlo. Pero no me fastidia, es extraño. Junto mis pies, me intento sentar derecho, me tomo del asiento con cierta fuerza, miro brevemente a los demás y me quedo quieto en mi lugar y mirando al frente.

Parece que le dice algo a la mujer que está sentada a su lado. No lo oigo pero sé que algo le dice por los gestos. Le muestra su mano izquierda. Una mano ennegrecida, seca y temblona. No parece una mano, parece una pieza de mecánica, parece, no sé, como algo que sobró de una máquina, sí, parece una sobra. Y no deja de temblar. Ése temblor la hace tétrica y no me deja apreciarla como quisiera.
Sé que me voy a poner triste si pienso en qué tipo de vida lleva. ¿Cómo será vivir así? No sigo, no debo seguir, me haré daño. Lo sé. Es que me hace recordar a un conocido de hace muchos años. Me recuerda al hombre hemodializado que murió hace algunos años, que dejó huerfanita a su única hija de menos de 10 añitos y que no olvido. Lo sigo viendo.

Éste hombre lleva una gorra. Se la pone, se la quita y se la vuelve a poner. Trata de mantener su mano izquierda quieta y entonces sus hombros empiezan a saltar. Trata de meter la mano al bolsillo de su casaca y de súbito se para. ¡Mierda! Bajo el volumen de mi mp3. El carro está quieto, gracias al cielo. Sus hombros suben, bajan, se le contraen hacia el pecho y él intenta meter la mano derecha al pantalón. Lo logra. Se queja. No tiene ahí lo que busca. Se deja caer al asiento. Suena un golpe. Algo fastidiado, creo que más por el espectáculo que por el golpe, al fin consigue meter la mano a la casaca y saca un sol. Se lo da al cobrador. Esa mano derecha también está enjuta y ennegrecida. El F en el mp3 canta El oso. Han pasado cuatro años de esta vida, con el circo recorrí el mundo así.

Miro afuera, a Angamos, y hay carteles de Lourdes apostados en la berma central. El tipo de mi lado va leyendo una revista. Los demás no sé qué hacen. Yo, por mi parte, aunque miro afuera sigo mirando por dentro al hombre aquel.

Ahora suena Let it be. Qué bonita melodía. Qué sencilla. (¿Te acuerdas la canción esa que me hacía llorar? La de Biper que dice Con el dedo en la nariz, bajo hasta los pies, vuelvo a la cintura. ¿Sí te acuerdas? Igual. Qué sencilla).

Todo lo que hemos hecho, es decir, lo que la humanidad ha hecho, qué impresionante. Comprendemos la naturaleza de casi todo, creamos belleza de cosas sencillas, todo lo que compartimos por el internet… Todo lo bueno, todo lo hermoso, todo lo grande. Qué impresionante.

Y las desgracias también. Y las enfermedades también. Y las muertes más que las vidas también. Impresionante dices y yo ya no sé cómo se entiende eso.

Que si Bayly y Tongo, que Lourdes y Susana, que El comercio o que El chino, que Magaly y que los ampays. No me jodas. Vuelve a definir impresionante. Vuelve a definir sorprendente. Que por qué no veo televisión. No me jodas. Tu cabeza está llena de ratas, gracias a ella. Vuelve, mejor, a definir el significado del monosílabo Tú.

Lo que es yo, yo estoy como la canción, que veo el futuro repetir el pasado, veo un museo de grandes novedades… y el tiempo no para.

lunes, 12 de diciembre de 2011

es parte de mi religión

mientras aun pueda sentarme al borde de la cama cada mañana antes de empezar el día y, respirando, pensar en lo primero que se me ocurra el tiempo suficiente como para sonreírle al suelo, daré las gracias por el nuevo día.

si me descubro de pronto cantando sin darme cuenta mirando al cielo, a los autos o a los niños, daré las gracias por estar allí.

cuando amanezca en una cama que no es la mía y  me abrace una mujer semidormida y feliz de ese momento, en ese momento, y sin necesidad de pronunciarlo, daré las gracias por estar a su lado.

lloraré cuando esté lo suficientemente triste y miraré empañarse el porvenir, sentiré el frío atravesándome como dicen que se siente el aliento de la muerte, y, luego, daré las gracias por sobrevivir.

caeré y me levantaré y de pronto, como los niños pequeños, seguiré andando sin entender el propósito, pero andando para aprender, y daré las gracias por cada paso.

daré las gracias porque estoy, porque puedo y porque aprendo, daré las gracias porque, como una oración, es intimidad, es para mí.


dar las gracias es parte de mi religión, 
una que me inventé para mí

sábado, 10 de diciembre de 2011

El código maestro

Ok, seré conciso: esta entrada sólo le hace justicia a una memoria mía que hoy recordé de la forma más inesperada.

Resulta que llego a casa —alquilo una habitación en dicha casa, en realidad— y la puerta principal estaba cerrada por dentro. Al principio creí que sólo se había descolgado —ya ha pasado, hace poco— y entre que empujaba y cuidaba de no romper mi llave, hice una buena bulla que llamó la atención de los "amigos de lo ajeno" de este barrio, que en estas fiestas han de andar bastante ansiosos.

Toqué el timbre del casero. Nada. Los ladrones como que se empezaban a movilizar por la cuadra… toque el timbre otra vez. Nada. Ya planeaba irme, y volví a tocar el timbre. Salió el casero desde el tercer piso. "Ya bajo". Los tipos recularon.

Adentro tuvimos una charla acerca de seguridad, obligaciones y conductas, el dueño de casa y yo. Según él, dizque debo coordinar con mi vecina para que el que llegue último cierre por dentro la puerta principal.

Ahí se me activó la memoria.

¿O sea, reportarme? ¿Reportarme yooo? Vivo solo desde cuando pude hacerlo ¿y este señor pretende que me reporte? ¿Y con mi vecina!

Me imaginé la situación: darle mi nº de móvil, vaya a usted a saber qué clase de uso le pueda ella dar, tener que llamarla, a ver si contesta ella y no el noviecito maleante que tiene, es más, ¡a ver si me contesta!, o recibir llamadas de ella a medianoche, ebria y pidiéndome ayudarla a entrar, ¿textear con ella?…

Hubo una época en que tuve un código. Era una travesura, una idea bastante infantil… todo, pero efectiva. Tan efectiva que podría servirle a usted, honorable señor lector U.U

Ella no era precisamente mi novia —no es que yo fuera infiel, yo no estaba con nadie entonces; es que lo nuestro NO se podía llamar "pareja"—. Yo tenía quizá 16 y ella más de 30. Sí, sí, eso, lo que se imagina.

El código era sencillo: (1) envías un mensaje, el que sea, pero que termine en "aste". Venga, va para dummies: "en la tarde tu mami no estaba en tu casa, ¿cuando llegaste la encontraste?" o "¿vas a sacar la basura o ya la sacaste?" o un simple "¿llegaste?". Eso era todo. El mensaje implícito era siempre el mismo: una cita. Y (2) la otra parte era todavía más sencilla: si no había respuesta de la contraparte, era un sí.

Y así fue como noche a noche, después de un mensaje, inventaba una excusa y salía de casa a buscarla… nos entregábamos a la lujuria, al jugar con fuego, a perdernos de nuestros mundos y encontrarnos en una cama.

La historia, como ya sabrán, termina con mi madre exigiéndole, a gritos y llena de indignación, exámenes de embarazo y de salud para estar segura de que a su nene —sí, yo— no le había contagiado algo peor, y, claro, el destierro de aquella avezada mujer de la quinta donde vivíamos. Y que no la volví a ver nunca más —bueno, una vez coincidimos en el bus; le di mal mi nº de móvil; ya no estoy para esas cosas—.

Y ahí lo tienen entonces, una práctica manera de discreción. El entonces bautizado "código maestro".